El director de la Academia de Danzas Folklóricas “La Chacarera”, de La Banda, repasó su trayectoria, recordó a quienes marcaron su formación y contó cómo decidió orientar su trabajo hacia la danza terapia. Desde sus primeros pasos como bailarín hasta la formación de nuevas generaciones, su historia está atravesada por la pasión por las raíces culturales y el compromiso con sus alumnos.

Con más de cinco décadas de vida vinculadas a la danza, Humberto Romano Marucci, director de la Academia de Danzas Folklóricas La Chacarera, de la ciudad de La Banda, construyó un camino dedicado a la enseñanza, la formación artística y la transmisión de las tradiciones populares. En una entrevista con el programa Interior Santiagueño, repasó los momentos más importantes de su recorrido y las decisiones que definieron su vocación.

A sus 61 años, Romano Marucci contó que comenzó a bailar a los cinco y que, a los 17, dio sus primeros pasos como instructor de danzas folklóricas. A los 22 años, comenzó a desempeñarse como profesor en la escuela municipal, una experiencia que consolidó su compromiso con la enseñanza.

Su trayectoria también lo llevó fuera de Santiago del Estero. En 1989 trabajó en una academia de danzas en La Pampa y, posteriormente, viajó a Jujuy con la intención de permanecer apenas dos meses. Sin embargo, terminó quedándose casi cuatro años. Durante una etapa de ese período, alternaba quince días de trabajo en La Banda con otros quince en La Quiaca.

En tierras jujeñas preparó bailarines de distintas localidades, entre ellas San Salvador de Jujuy, Mendieta y El Carmen, para participar en competencias y representar a su provincia en encuentros y certámenes como el Pre-Cosquín. Según recordó, varios de sus alumnos obtuvieron importantes resultados.

En 1994 tomó la decisión de regresar a Santiago del Estero, motivado también por la llegada de su segunda hija y el deseo de estar cerca de su familia. De esa manera, en 1995 volvió a su ciudad natal, La Banda, de la que se reconoce orgullosamente como bandeño.

Los maestros que marcaron su vida

Al recordar a quienes influyeron en su formación, Romano Marucci distinguió entre los maestros que le enseñaron a bailar y aquellos que lo ayudaron a convertirse en la persona que es hoy.

En ese sentido, destacó especialmente a su madre y a su padrastro, Chicho Vega, quien lo crió desde los tres años y ocupó un lugar fundamental en su vida. El profesor recordó que su padre biológico se había alejado cuando él tenía apenas tres meses y que Chicho apareció en su historia familiar cuando tenía tres años.

Lo describió como un hombre de pocas palabras, pero de acciones y gestos significativos. Junto a su madre, fue una figura esencial en su crianza y en la transmisión de valores.

En el ámbito artístico, señaló que Gaudencio Acuña fue su único profesor de danza folklórica desde la infancia. También recordó que su madre le enseñó a respetar a quienes habían contribuido a su formación, un principio que mantuvo a lo largo de su recorrido.

La Academia nació con esfuerzo y perseverancia

La historia de la Academia de Danzas Folklóricas La Chacarera comenzó el 15 de febrero de 1995, cuando Romano Marucci decidió abrir su propio espacio de enseñanza en La Banda.

El regreso no fue sencillo. Después de volver de Jujuy, pasó varias semanas buscando trabajo hasta conseguir una oportunidad laboral. Con las últimas monedas que tenía, pagó dos meses de alquiler en el Sindicato de Canillitas y puso en marcha el proyecto.

La primera clase se realizó un 15 de febrero, a las 19, con apenas cuatro alumnas: Rulito, Magalí, Gisela y Deivi. Tres de ellas eran hermanas y la cuarta era prima de la familia. A partir de aquel pequeño grupo, la academia comenzó a construir una historia que con el tiempo alcanzaría a numerosas generaciones de bailarines.

Para el profesor, formar alumnos implica mucho más que enseñar pasos y coreografías. Por eso, cuando advertía condiciones artísticas y personales en algunos de ellos, conversaba con sus familias y los alentaba a continuar su formación, incluso mediante estudios vinculados con la música.

A lo largo de los años, muchos de sus estudiantes siguieron vinculados a la danza y fundaron sus propias academias, prolongando así el camino iniciado en La Chacarera.

De la competencia a la danza terapia

Uno de los momentos decisivos de su carrera llegó en 1997, cuando comenzó a dictar talleres para adultos. Con el tiempo, algunos participantes le comentaron que habían llegado por recomendación de psicólogos, cardiólogos y psiquiatras.

Esa experiencia despertó su interés por profundizar en los beneficios de la danza y comprender mejor cómo podía contribuir al bienestar de las personas. Para ello, decidió capacitarse y buscar orientación de profesionales de la salud.

En 2001 tomó una decisión que definió una nueva etapa de su trabajo: dejar de preparar alumnos para las competencias y orientar su propuesta hacia la danza terapia.

El cambio no fue fácil. Algunos estudiantes se alejaron porque deseaban continuar participando en certámenes, pero Romano Marucci sostuvo su convicción de que podía ayudar a otras personas mediante la danza, desde una perspectiva diferente de la competencia artística.

Con el paso del tiempo, encontró en el reconocimiento de sus antiguos alumnos una confirmación del valor de su tarea. Recordó especialmente a profesores que, después de haberse distanciado de él, volvieron a agradecerle las correcciones y los consejos recibidos durante su formación.

Uno de esos encuentros lo marcó particularmente: un exalumno le explicó que aquello que en su momento había interpretado como un enojo o una exigencia excesiva, con los años lo entendió como una orientación que lo ayudó a crecer como bailarín y como persona.

Para Romano Marucci, esos gestos de afecto y respeto son una muestra de que la enseñanza deja huellas que van mucho más allá del salón de clases.

Su recorrido, desde aquellos primeros pasos en la infancia hasta la consolidación de La Chacarera, refleja una vocación que se sostiene en el tiempo. A través de la formación de bailarines y de su apuesta por la danza como herramienta de bienestar, el profesor bandeño continúa transmitiendo una tradición que considera parte esencial de la identidad cultural santiagueña.