Con 47 años de trayectoria, el reconocido payador Lázaro Moreno, oriundo de Herrera, departamento Avellaneda, construyó un camino artístico marcado por la tradición criolla, las vivencias del campo y la pasión por la poesía improvisada. A través de sus versos, recorrió distintos escenarios de Argentina y otros países, llevando consigo las raíces culturales de Santiago del Estero.
En diálogo con el programa Interior Santiagueño, Moreno repasó su historia de vida, recordó sus comienzos y reflexionó sobre las dificultades que atraviesan los payadores y los cantores tradicionales en una época en la que, según consideró, las expresiones culturales auténticas han perdido espacios de difusión.
Una historia forjada entre las necesidades y los caminos
Nacido y criado en el campo, cerca del río Salado, Lázaro Moreno recordó una infancia marcada por las costumbres rurales, la vida familiar y las experiencias que forjaron su identidad. El matecocido, las tortillas, el maíz tostado y los recorridos a caballo forman parte de los recuerdos de aquellos años, en los que aprendió a valorar sus raíces y las vivencias del interior santiagueño
El artista aseguró que aquellas experiencias fueron fundamentales para construir su identidad y valorar lo que consiguió a lo largo de su vida.
“Yo estoy agradecido de la vida que pasé porque disfruto”, expresó, al destacar que las dificultades también le dejaron enseñanzas que hoy forman parte de su manera de entender el mundo.
Según relató, la necesidad de salir adelante fue uno de los motores que lo impulsaron a recorrer distintos lugares, incluso cuando todavía no tenía un destino definido. En ese camino encontró oportunidades para compartir sus versos, encontrarse con el público y desarrollar su identidad como payador.
Mailín y los escenarios que marcaron su trayectoria
Entre los lugares que influyeron en su recorrido artístico, Moreno destacó a Mailín como uno de los grandes epicentros de la tradición popular que lo ayudaron a crecer. Recordó aquellas épocas en las que los músicos y cantores se reunían bajo las enramadas, compartían sus interpretaciones durante la noche y descansaban donde podían, ante la falta de hospedajes.
Esos encuentros fueron parte de una etapa decisiva para su formación y le permitieron experimentar el vínculo con el público, una relación que considera importante para cualquier artista.
A lo largo de sus 47 años de trayectoria, llevó su arte por numerosos puntos del país, desde el norte argentino hasta la Patagonia y Ushuaia. También visitó escenarios de Chile, Perú, Cuba, Uruguay y Brasil, ampliando su experiencia y compartiendo la cultura criolla más allá de las fronteras.
Sin embargo, reconoció que el paso del tiempo trae nuevos desafíos y que las oportunidades para presentarse en festivales no son las mismas que durante su juventud.
La defensa de la cultura y la tradición payadora
Uno de los aspectos más críticos de su reflexión estuvo relacionado con la falta de espacios para la música tradicional y la poesía que invita a pensar.
Moreno consideró que los payadores y los cantores auténticos han quedado relegados frente a propuestas musicales que concentran mayor atención comercial. En ese sentido, cuestionó la escasa presencia de expresiones culturales que permitan al público reflexionar a través de las letras.
“Nosotros los payadores, los cantores auténticos hemos quedado al costado”, sostuvo, al señalar que son pocos los espacios, periodistas y programas que se interesan por difundir esta parte de la cultura popular.
Para el artista, la payada no consiste simplemente en rimar palabras de manera espontánea. Detrás de cada composición existe un conocimiento profundo de la poesía, la métrica y las estructuras literarias.
Moreno explicó que conoce las características de distintas formas poéticas, como el soneto, la décima, la redondilla y el romance, además de las reglas que organizan los versos y las rimas. Ese aprendizaje le permite improvisar, escribir y también ayudar a otras personas interesadas en desarrollar sus habilidades literarias.
Su mirada reivindica la preparación y el estudio que requiere este arte, muchas veces desconocido por quienes observan únicamente el resultado final sobre un escenario.
Un artista que no piensa renunciar a su pasión
Aunque reconoce que las convocatorias a festivales pueden disminuir con el paso de los años, Moreno aseguró que no contempla abandonar definitivamente la payada.
“Pero renunciar, no, nunca”, afirmó al hablar de su futuro y de una pasión que forma parte de su vida desde hace casi cinco décadas.
El payador también compartió una dimensión íntima de su historia al recordar a su madre, quien murió sin conocer el mar. Con el tiempo, cuando tuvo la posibilidad de viajar, procuró que sus hijas, su esposa y otros familiares pudieran conocer nuevos lugares. Incluso manifestó su disposición a ayudar a otras personas mayores de su comunidad a cumplir sueños que todavía tienen pendientes.
En esa actitud se refleja una de las enseñanzas que, según contó, le dejó su recorrido: aprender a encontrar la felicidad también en la alegría de los demás.
La historia de Lázaro Moreno es la de un hombre que convirtió las necesidades y las experiencias del campo en parte de su identidad artística. Desde Herrera, continúa defendiendo una expresión cultural que combina poesía, guitarra, improvisación y memoria colectiva.
Entre versos y guitarras, su voz representa mucho más que una trayectoria individual: es el testimonio de una tradición que busca conservar su lugar en la cultura popular santiagueña y seguir transmitiéndose a las nuevas generaciones.




