La educación en el interior santiagueño muchas veces trasciende las paredes del aula y se convierte en un espacio fundamental de acompañamiento, contención y asistencia para las familias. Así lo reflejó Valeria Ríos, docente de la Escuela N° 974 San Sebastián de Juanillo, departamento Atamisqui, durante una entrevista con El Interior Santiagueño.
Ríos nació en Buenos Aires, pero sus raíces familiares están en el departamento Atamisqui, más precisamente en Yacuchiri, una zona cercana a Juanillo. Vivió en Buenos Aires hasta los 18 años y, durante una visita a Santiago del Estero, decidió radicarse definitivamente en la provincia.
“Me encantó el lugar, tenía un trabajo por acá y me quedé a vivir acá”, recordó. Posteriormente, estudió el profesorado en el Instituto de Formación Docente N° 14 de Atamisqui y comenzó a ejercer en 2005. Actualmente lleva 17 años trabajando en la zona y una década frente a las aulas de la escuela de Juanillo.
Para Valeria, la docencia representa mucho más que una profesión. “Ser maestra es mi vida, mi vida es mi vocación. Estoy feliz de ser docente, de estar con los niños en todos los sentidos: en la parte pedagógica, en la parte psicológica y en la parte comunitaria”, expresó.
Actualmente tiene a su cargo 36 alumnos de entre 9 y 11 años, correspondientes a cuarto y quinto grado. Según explicó, muchos de ellos atraviesan diferentes dificultades y necesidades, por lo que su tarea cotidiana implica acompañarlos no solamente en lo educativo, sino también desde lo humano.
“Mi tarea está en ayudarlos, guiarlos y trabajar en la parte pedagógica”, señaló.
A su trabajo como docente se suma este año su participación en la Secretaría de Cultura, Deporte y Turismo de la Municipalidad de Atamisqui, desde donde busca generar espacios y actividades destinadas a los niños de Juanillo y de la ciudad cabecera del departamento.
UNA JORNADA COMPLETA QUE TAMBIÉN ES CONTENCIÓN
La Escuela N° 974 funciona con jornada completa, por lo que los estudiantes permanecen allí durante gran parte del día. La jornada comienza a las 8 de la mañana con el izamiento de la bandera y una oración.
“Rezamos el Padre Nuestro, agradecemos por la jornada que vamos a compartir y pedimos por aquellos enfermos y que están sin trabajo”, contó Valeria.
Luego, los alumnos ingresan al aula y también cuentan con desayuno, recreos, almuerzo, postre, bebida y merienda. A partir de las 13.30, continúan con distintas áreas especiales, como Educación Física, Música, actividades prácticas, taller rural y Tecnología. La merienda se sirve alrededor de las 15.30.
Para la docente, esta modalidad tiene además una importancia social que se vuelve cada vez más visible frente a las dificultades económicas que atraviesan algunas familias.
“Hoy, ante las necesidades y la situación económica actual, creo que la escuela es un soporte para muchas familias, porque los chicos de acá se van con la merienda”, explicó.
En ese sentido, remarcó que en algunos hogares, luego de regresar de la escuela, la única comida que queda por realizar es la cena antes de ir a dormir. Por eso, consideró que la institución cumple una función que va mucho más allá de la transmisión de contenidos.
“Acá los chicos tienen cubierta la mayor parte de las necesidades alimentarias”, sostuvo.
LAS DISTANCIAS Y LAS DIFICULTADES DEL INTERIOR
El trabajo docente en Juanillo también implica afrontar dificultades vinculadas con las distancias, el transporte y el acceso a recursos.
Valeria contó que los docentes deben recorrer aproximadamente 25 kilómetros para llegar hasta la escuela y que, en muchas ocasiones, se organizan entre colegas para trasladarse en vehículos particulares o recurren a las motocicletas.
La mayoría de los estudiantes pertenece a la zona, aunque también concurren entre cuatro y cinco niños provenientes de Villa Atamisqui.
A pesar de las dificultades, la docente destacó el compromiso cotidiano para sostener la educación y el acompañamiento de los alumnos.
“NOS ACOSTAMOS A DORMIR A LAS 7 PORQUE DESPUÉS ME DA HAMBRE”
Entre las experiencias que más la marcaron durante sus años de docencia, Valeria recordó especialmente la conversación que mantuvo con uno de sus alumnos durante un recreo.
“¿Sabés que nosotros nos acostamos a dormir a las 7?”, le dijo el niño.
Sorprendida, la docente le preguntó por qué se acostaba tan temprano. La respuesta la impactó profundamente:
“Porque cuando llega la noche y me dé hambre voy a estar dormido. Y al otro día voy a venir a la escuela y voy a comer en la escuela”.
Para Valeria, aquella frase fue mucho más que una anécdota. Fue una muestra concreta de las necesidades que atraviesan algunos de sus alumnos y sus familias.
“Eso es algo que me marcó muchísimo. Buscaba la manera de ayudarlo”, relató.
A partir de esa situación, recurrió también al Club Atlético Villa Atamisqui CABA, al que define como “el club de mis amores”. Desde allí, junto con otras personas, comenzaron a reunir mercadería y ropa para acercarlas a las familias que más lo necesitaban, entre ellas la del niño y su grupo familiar.
La experiencia resume, en buena medida, la mirada que Valeria tiene sobre la docencia: enseñar, acompañar, escuchar y conocer la realidad de cada estudiante para intentar brindar respuestas más allá del aula.
En Juanillo, su tarea cotidiana se desarrolla entre clases, recreos, talleres y actividades, pero también entre historias familiares, necesidades y vínculos que convierten a la escuela en un punto de referencia para toda la comunidad.
Para Valeria Ríos, ser docente del interior santiagueño significa, en definitiva, estar presente. No solamente para enseñar, sino también para acompañar a sus alumnos y convertirse en un referente para ellos y sus familias.

