La escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán impacta de lleno en los mercados energéticos. El cierre del estrecho de Ormuz y la paralización de grandes instalaciones empujan al gas europeo más de 70% en dos días y al Brent por encima de los 82 dólares.

La guerra en Medio Oriente suma capítulos y los mercados energéticos reaccionan con fuerza. Sin señales de desescalada inmediata y con Irán atacando infraestructura clave tras la ofensiva de Estados Unidos e Israel, el gas y el petróleo se encarecen a ritmo acelerado.
En Europa, el contrato TTF saltó cerca de 40% el lunes y este martes volvió a trepar hasta 30%, para superar los 57 euros por MWh, casi el doble que hace un mes. En paralelo, el crudo también avanza: el barril de Brent crude supera los 82 dólares, con una suba diaria del 6%, mientras el West Texas Intermediate escala 6,5%.
El epicentro de la tensión es el estrecho de Ormuz, corredor por donde circula cerca de un quinto del petróleo mundial y una porción decisiva del gas natural licuado (GNL). En los últimos días, el tránsito marítimo quedó prácticamente paralizado tras advertencias de la Guardia Revolucionaria iraní, que amenazó con atacar embarcaciones que intenten cruzar. Las grandes aseguradoras retiraron coberturas y las tarifas de transporte se dispararon.
La crisis se agravó con la paralización de la refinería saudí de Ras Tanura y el cierre de la terminal catarí de Ras Laffan, la mayor del mundo en GNL y responsable de alrededor del 20% de la oferta global. A eso se sumó un incendio en un centro de almacenamiento en Fujairah, en Emiratos Árabes Unidos. El resultado es un mercado que empieza a descontar escasez.
En Asia, economías altamente dependientes del gas de Qatar, como Taiwán y Corea del Sur, buscan proveedores alternativos para sostener la generación eléctrica. China, el mayor importador global de energía, pidió garantizar la libre navegación en Ormuz, consciente de su exposición a un eventual bloqueo.
Los analistas coinciden en que la duración del conflicto será determinante. Por ahora, el petróleo muestra movimientos más contenidos que en crisis previas, pero el gas refleja mayor vulnerabilidad por su limitada capacidad de almacenamiento y la rigidez de su cadena logística. Si la interrupción se prolonga y se expanden los ataques a nuevas infraestructuras, el impacto podría ser más profundo.
En ese escenario, algunos bancos de inversión proyectan que el Brent podría escalar a un rango de entre 120 y 150 dólares. Un salto de esa magnitud trasladaría presión inflacionaria a escala global y tensionaría las cadenas de suministro.