En diálogo con Mañana Fantástica y desde plena actividad en el interior santiagueño, la emprendedora Berta Ruiz contó cómo nació y creció su proyecto gastronómico, un emprendimiento que hoy mantiene vivas las tradiciones culinarias de Santiago del Estero en Buenos Aires.

Berta Ruiz recordó que todo comenzó en su pueblo de weisburd inspirado en su padre. “Mi papi era el cocinero, cuando él ya no estaba, empezamos a recordar muchas cosas emocionantes. Mi hermana me dijo: llévale su cocina a Buenos Aires, y así empecé. Me costó al principio, pero seguí”.
Ruiz afirmó que el camino no fue fácil. Aun así, muchas veces debió buscar nuevos espacios. “Mi papi me decía: cuando te corten el camino, cortá picada y seguí adelante. Eso me marcó”.
Su presencia en ferias y eventos creció hasta convertirse en un referente. Participó en la Copa Argentina del Pan Dulce, en ferias de Palermo, en Villa Lugano y en numerosos encuentros gastronómicos. Allí, la emoción de los santiagueños que viven lejos es una constante: “Un muchacho se emocionó al ver el canasto de empanadillas porque le recordó a su mamá. Esto pasa todo el tiempo. Revivimos recuerdos”.
Berta reconoce que son justamente los santiagueños radicados fuera de la provincia quienes impulsan su trabajo: “Yo no paro. Termino un día y empiezo en otro lado. El santiagueño es el que me da trabajo en Buenos Aires”.
Sobre su producción, destaca que lleva las recetas de su padre y de su tierra: moroncitos, tortillas, pan casero, chipacos, pan dulce con anís, empanadas, tamales, charqui y locro, entre otras especialidades. Su formación como gastrónoma también la llevó a trabajar en giras internacionales, incluso cocinando para Cristian Castro, aunque siempre volvió a sus raíces.
Hoy su emprendimiento funciona con un pequeño equipo que varía según cada servicio: un cocinero que realiza los cortes, una persona para cobranza y asistentes rotativos. Sin embargo, en muchas ferias, especialmente los domingos, trabaja sola.
Con esfuerzo, constancia y una profunda identidad cultural, Berta Ruiz se convirtió en un símbolo de la cocina santiagueña en la gran ciudad. “Las emociones de la gente me dan la fuerza para continuar”, asegura.