En una nueva entrevista, la licenciada en Psicopedagogía María Darchuk abordó la problemática del bullying y el acoso escolar, y destacó la importancia de que las familias, docentes y compañeros puedan reconocer las señales de alerta y actuar a tiempo para proteger a quienes atraviesan estas situaciones.
La profesional explicó que el concepto de bullying comenzó a utilizarse en la década de 1990, a partir de investigaciones relacionadas con casos de hostigamiento escolar y sus graves consecuencias en adolescentes. Con el paso de los años, advirtió, la problemática dejó de estar limitada exclusivamente al ámbito educativo y se extendió a distintos espacios de la vida social.
Darchuk remarcó que para hablar específicamente de bullying deben estar presentes tres características fundamentales: la intencionalidad, la continuidad en el tiempo y el abuso de poder. En ese sentido, diferenció el acoso de una discusión o una broma aislada entre chicos.
“Una broma aislada no es un hecho de bullying”, explicó, aunque aclaró que una situación puede convertirse en acoso cuando se sostiene en el tiempo y provoca un daño directo sobre la víctima.
La psicopedagoga también puso el foco en un actor que muchas veces queda relegado: los espectadores. Según señaló, alrededor de quien agrede y de quien es víctima existe un grupo que puede contribuir a profundizar la situación o, por el contrario, intervenir para ponerle un límite.
“Son tres actores esenciales en el bullying”, sostuvo, al destacar que tanto la familia como la escuela y el grupo de pares tienen un papel importante en la prevención.
LAS SEÑALES DE ALERTA
Uno de los principales desafíos para las familias es detectar cuando un niño o adolescente está atravesando una situación de acoso sin que necesariamente pueda expresarlo con palabras.
Darchuk señaló como posibles señales el retraimiento, la disminución de las calificaciones, la pérdida de motivación para asistir a la escuela, el llanto, la angustia y el rechazo a determinadas actividades.
También recomendó prestar atención a cambios en la conducta cotidiana: niños que dejan de participar en clase, no salen al recreo, tienen dificultades para integrarse con sus compañeros o comienzan a presentar reiteradas excusas para no concurrir a la escuela.
En estos casos, sostuvo que tanto los padres como los docentes deben observar los cambios respecto del comportamiento habitual del niño. El juego, las acciones y hasta los dibujos pueden convertirse, según explicó, en herramientas para detectar aquello que el menor todavía no logra expresar verbalmente.
EL IMPACTO EN EL APRENDIZAJE Y LA AUTOESTIMA
La especialista advirtió que las consecuencias del bullying no se limitan al ámbito emocional, sino que pueden afectar el aprendizaje, las relaciones sociales y el desarrollo integral de niños y adolescentes.
El miedo al rechazo, la angustia y la sensación de no poder cumplir con las expectativas pueden dificultar el proceso educativo y limitar la posibilidad de que el estudiante se desarrolle con normalidad.
“Este ancla hace que su aprendizaje no circule con normalidad”, explicó Darchuk, al señalar que el impacto del acoso puede trascender las aulas y continuar en otros ámbitos de la vida cotidiana.
¿QUÉ HAY DETRÁS DE QUIEN AGREDE?
Al referirse a quienes ejercen bullying, la psicopedagoga explicó que pueden existir diferentes factores detrás de esas conductas. Entre ellos mencionó dificultades familiares, falta de tolerancia a la frustración, ausencia de empatía y problemas para establecer límites o respetar al otro.
Sin embargo, remarcó la necesidad de abordar la situación de manera integral y no limitarse únicamente a sancionar al agresor.
EL ROL DE LA ESCUELA Y DEL PSICOPEDAGOGO
Darchuk destacó la importancia de que las instituciones educativas cuenten con profesionales de la psicopedagogía capaces de intervenir ante este tipo de situaciones.
Ante la detección de un posible caso de bullying, explicó que debe activarse el protocolo correspondiente, priorizando la creación de un espacio seguro para la víctima y evitando prácticas que puedan profundizar su vulnerabilidad.
En ese sentido, cuestionó el tradicional “careo” entre los estudiantes involucrados, ya que puede terminar colocando nuevamente a la víctima frente a quien la está hostigando.
La intervención, sostuvo, debe contemplar a todas las partes, pero poniendo especial atención en la protección de quien sufrió el acoso. Para ello resulta fundamental la articulación entre la escuela, las familias, los docentes, los profesionales y los propios estudiantes.
La especialista insistió en que el bullying no debe naturalizarse ni minimizarse. Romper el silencio, reconocer las señales y generar redes de contención son pasos fundamentales para prevenir el acoso y cuidar a niños y adolescentes.




