En una nueva edición de Mañana Fantástica, el analista Enrique Hisse y la profesora de Filosofía y magíster en Bioética Rosario Cosci propusieron una reflexión sobre una pregunta que atraviesa distintos debates contemporáneos: ¿hay algo en los seres humanos que, por ser natural o biológico, escape a nuestra capacidad de decidir?

El eje de la conversación estuvo puesto en el cuerpo, la sexualidad, el género, la genitalidad y el deseo, pero también en la manera en que la cultura, la tecnología, la medicina y las relaciones de poder intervienen sobre aquello que tradicionalmente se considera “natural”.

¿Qué entendemos por natural?

Cosci señaló que no resulta sencillo responder de manera absoluta si existe algo sobre lo que el ser humano no puede decidir. Según explicó, incluso aquello que consideramos estrictamente biológico o natural se encuentra atravesado desde hace tiempo por la intervención humana.

En ese sentido, mencionó el impacto de la tecnología, la medicina y las prácticas culturales, además de las transformaciones que las sociedades producen sobre el entorno natural a través de la agricultura y la explotación de los recursos.

“Lo biológico y lo natural está desde el vamos intervenido”, planteó la especialista, al remarcar que los seres humanos no convivimos actualmente con una naturaleza completamente ajena a nuestras propias decisiones.

Para Cosci, esta situación lleva a formular otra pregunta fundamental: ¿en qué momento comienza el espacio en el que los sujetos pueden decidir sobre sí mismos? 

El cuerpo y las decisiones personales

Durante la entrevista, Hisse llevó la discusión hacia la percepción del propio cuerpo y las decisiones que cada persona toma a la hora de habitarlo y vivirlo.

La conversación permitió abordar cuestiones vinculadas con la sexualidad y el género desde una perspectiva filosófica y bioética, evitando reducir el debate únicamente a lo biológico.

La especialista también destacó que la medicalización forma parte de la vida cotidiana y constituye un ejemplo de cómo determinadas prácticas que hoy aparecen naturalizadas son, en realidad, consecuencia de decisiones y desarrollos humanos.

¿El deseo también está atravesado por la cultura?

Otro de los interrogantes planteados durante la columna fue si nuestros deseos son completamente propios o si, en alguna medida, están condicionados por la cultura y el contexto social.

Ante la pregunta de Hisse sobre la naturaleza del deseo, Cosci aclaró que se trata de un concepto complejo que requiere abordajes y estudios específicos, por lo que evitó brindar una respuesta cerrada.

Sin embargo, sí propuso profundizar la relación entre sexualidad y poder, aunque advirtió que este último concepto no debería ser entendido únicamente como una relación vertical de dominación.

El poder como una trama social

Desde la perspectiva filosófica planteada por Cosci, el poder puede ser pensado más allá de la idea tradicional de una estructura en la que un grupo domina a otro.

En lugar de concebirlo exclusivamente como una relación jerárquica, explicó que existen perspectivas que lo entienden como “un tejido, una trama que atraviesa y va relacionándonos a todas las personas”.

Esta mirada permite analizar de qué manera determinadas pautas sociales, culturales y económicas influyen sobre las formas en que las personas perciben sus cuerpos, sus deseos y sus decisiones.

En ese marco, la conversación también incorporó el papel de los medios de comunicación, la industria de la belleza y otros actores sociales que participan en la construcción de modelos, expectativas y representaciones sobre el cuerpo y la sexualidad.

Por otra parte también se destacó la importancia de respetar las elecciones y formas de vida de cada persona. En ese sentido, se planteó que, afortunadamente, hoy existe una mayor posibilidad de elegir quién ser y cómo vivir, y que esas decisiones deben ser respetadas por los demás.

A partir de allí, se profundizó sobre los conceptos de genitalidad, sexualidad y género. Se explicó que la genitalidad está vinculada con el cuerpo y con los genitales, características que históricamente fueron utilizadas para definir a las personas y asignarlas a un determinado género. De esta manera, se construyó una visión binaria basada en la existencia de cuerpos masculinos y femeninos.

La reflexión también permitió analizar cómo opera el poder a partir de esas diferencias biológicas. Según se explicó, históricamente, las características del cuerpo fueron utilizadas para organizar la vida social y establecer determinados roles, vínculos y derechos, desde quién era considerado varón o mujer hasta cuestiones relacionadas con el matrimonio y la herencia.

En este sentido, se remarcó que estas categorías no son necesariamente algo dado de manera natural, sino que fueron socialmente constituidas. La aparición de identidades y formas de vida que escapan a esas normas permite cuestionar la idea de que existe una única manera “normal” de ser. Así, también se puso en discusión la utilización de conceptos como normalidad y anormalidad, entendiendo que las sociedades históricamente han establecido qué conductas e identidades son aceptadas y cuáles quedan fuera de lo considerado legítimo.

Respecto del género, se explicó que constituye una dimensión de la identidad de cada persona y que no necesariamente existe una correspondencia directa entre el sexo asignado al nacer y la identidad con la que una persona se reconoce. Del mismo modo, la sexualidad, el deseo, el amor y la elección de con quién vincularse forman parte de procesos personales y sociales que cada individuo va construyendo.

Finalmente, se destacó la importancia de pensar estas cuestiones desde la contingencia, entendiendo que aquello que una persona decide ser o la manera en que construye su identidad no tiene por qué estar predeterminado para toda la vida. “Siempre puede ser de otro modo”, se planteó, como una forma de remarcar que las identidades, los deseos y las formas de vivir pueden transformarse y no deben ser entendidos como destinos inmutables.

Una discusión que continúa abierta

El planteo de Hisse y Cosci dejó abierta una cuestión central: hasta dónde llega nuestra capacidad de decidir sobre aquello que recibimos como condición biológica y cuánto de nuestras elecciones está atravesado por la cultura, la tecnología, la sociedad y las relaciones de poder.

Lejos de ofrecer una respuesta única, el debate propuso revisar conceptos que forman parte de las discusiones cotidianas y pensar de qué manera las personas construyen su relación con el propio cuerpo, el deseo y el entorno en el que viven.